martes, 7 de enero de 2014

La búsqueda del árbol de la sabiduría.


Eitán, era un estudioso de la cábala que pasaba sus días estudiando y no era capaz de encontrar la Verdad, Eitán, se lamentaba de no encontrar el árbol de la sabiduría ¡con tantas alusiones en la Torah!, y no sabía donde se hallaba. 

Aconteció que Eitán tenía un tío, hermano de su madre, que era un rico comerciante que, al unirse con el infinito sin dejar descendencia, le dejó una forma de vida holgada.

Eitán, dejo a sus hermanos la gestión del legado recibido y el decidió buscar el árbol de la sabiduría, muchas leyendas lo situaban en el país de los arios, así partió al país de los arios y visito todas y cada una de las exóticas ciudades, habló con los artesanos y viajeros, con los cortesanos y los comerciantes, pero no encontró su querido árbol de la sabiduría. Una tarde, alguien le contó una historia de que el árbol estaba en el país de los galos.

En el país de los galos, aprendió el arte de la dialéctica, de las costumbres palaciegas y la poesía de las palabras, recorrió ciudades y pueblos y nadie le indicó donde estaba el árbol de la sabiduría, ¿Quizás, amigo Eitán, al otro lado de las montañas de Pirenne?, le susurraron una noche.

Cruzó las montañas de Pirenne y conoció la leyenda de la amada de Heracles mientras anduvo por las tierras de los íberos, ¡que gentes!, pensaba Eitán, que carácter sobrio y que poco dados a la mística, oran y laboran, siendo felices en su circunstancia, ¿Sería la encina sagrada de los íberos el árbol de la sabiduría?, no lo encontró y decidió visitar a sus primos semitas, ellos no profesaban su fe, pero si compartían tierras y costumbres.

En el país de los árabes comprendió, que su fe y la de sus primos, solo se separaban por una delgada línea, aprendió las costumbres de los nómadas del desierto y viajó con ellos, se detuvo en los oasis a hablar con los viajeros y entró en las ciudades a conversar con los comerciantes y clérigos, pero en el país de los árabes, tampoco halló el árbol de la sabiduría.

Eitán, cabizbajo y derrotado, volvió a su Jerusalén, entrando de madrugada por las calles silenciosas y se detuvo en la parte mas occidental, junto a lo que fue el Sancto Sanctorum y dijo: 

-Oh, infinito, Señor único, Sublime, Creador perfecto, he recorrido todos los países, todos los pueblos y no he encontrado donde crece el árbol de la sabiduría, Oh Ein Sof, solo vos podéis decirme donde se encuentra el hermoso árbol, pues deseo comer su fruto para alcanzar la sabiduría.

Eitán escucho una voz...

-¿Cuántas lenguas hablas?,
-¡Muchas, mi Señor!, respondió.
-¿Cuántas gentes, cuantas tradiciones, cuantos cultos conoces?
-¡Innumerables, mi Señor!, respondió.
-¿Fuiste justo y honrado en cualquier lugar que hallaste?,
-¡Lo fui, mi Señor!, siempre me guié por el camino de perfección, vos lo sabéis, respondió.
-Bien Eitán, no busques mas el árbol de la sabiduría por que ese árbol ya lo has encontrado, ese simbólico árbol eres tu, con tu conocimiento, tu prudencia, y tu estar, ahora, enseña lo aprendido, pues este es el verdadero culto al arquitecto de los mundos, comprender, querer y enseñar al que no sabe, hazlo y me complacerás, así te lo mando y ordeno.

Y así ese hombre, Eitán, lo contó a Yussuf, y Yussuf lo contó a Mussa, y Mussa lo contó a Rodrigo, y con el tiempo me lo contaron a mí y hoy…, y hoy, amigo lector, te lo cuento a ti.