lunes, 18 de noviembre de 2013

El conocimiento por la iniciación.


Cuando nos proponemos expresar de un modo organizado o secuencial la filosofía y los conocimientos esotéricos a los deseosos de aprenderlos, nos encontramos ante el hecho de que el conocimiento de las formas superiores de la existencia se obtienen por procesos distintos al pensamiento ordinario, y que esos procesos solo comienzan cuando el estudio del esoterismo se plantea desde puntos de vista distintos al del pensamiento profano-material.

Si es poco probable que las ideas transcendentales sean comunicadas de modo intelectual, en consecuencia solo podrán conocerlas aquellas personas que son capaces de elevarse de la esfera habitual de conciencia hacia una esfera de iniciado, donde podrá cristalizarla y darle forma en el crisol de dicha esfera.

Los místicos han usado el símil, los filósofos la retórica y la oratoria, pero no sirve de nada en la esfera del espíritu para el que no ha recibido cierta iluminación.

La iniciación no trata de explicar a la persona lo que la persona no es capaz de comprender en tanto persona física, sino que mediante la alegoría, el símbolo y el rito, sea este representado o sagrado, permite  explicar al ser humano integral y no solo físico lo que el ser humano es.

Nuestro raciocinio es tan incapaz de captar la espiritualidad como lo es el ojo para escuchar la música.

La iniciación es un método, un principio de gestión, mediante el símbolo y el rito, del conocimiento transcendente, ese conocimiento que no se puede definir ni captar como no es posible definir ni captar lo Absoluto y la Verdad (que son una misma cosa).

Apartar los velos de la naturaleza y del cosmos es algo más que interpretar la filosofía, o la fe y mucho más que lo que nuestros sentidos son capaces de captar, solo cuando aceptamos pedir la revelación corremos el velo de la existencia negativa y material, permitiendo comprender los primitivos principios en los planos de manifestación espiritual.

El ser humano material, el cuerpo físico, es decir, nuestra parte del yo evidente a los sentidos ordinarios, es ignorante y no va más allá del concepto de fe o creencia, imaginando los primeros principios como una imagen antropomórfica dando ordenes de creación, pero el iniciado si ve más, comprende que los principios son inefables y a la vez interiores, por que ha aprende a pensar por medio de símbolos aprendidos en los rituales, sean estos participativos o sagrados. Así como los ojos ven la luz, el yo interno comprende el universo a través del símbolo y el rito, herramientas extensivas de sus poderes.