miércoles, 18 de septiembre de 2013

Los cataros, también llamados albigenses.


Corría el año 1209, las tropas del arzobispo, inquisidor y legado papal Arnaldo Amalric, se encontraban sitiando la ciudad de Beziers durante la cruzada catara, el capitán de las tropas militares, previo al asalto de la ciudad, le asaltó una duda, pensó… “vamos a asaltar una ciudad, no todos serán herejes cataros ¿Cómo distinguir los herejes de los buenos cristianos?, esta duda se la planteó al arzobispo y este contesto:

¡Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos!

Hagámonos una idea de la salvajada, la orden del arzobispo era masacrar una ciudad entera, prefería la muerte de centenares de inocentes a que un solo “hereje” quedara con vida, tal era la preocupación del papado y la iglesia con los cataros. Pero… ¿Quiénes eran los cataros?

Carcassonne (foto propia)
Los cataros, también llamados albigenses (gentilicio de la ciudad de Albi, Francia), hombres blancos, hombres puros y hombres buenos, fueron un movimiento religioso que nació en el sureste francés a partir del siglo X.

Su doctrina estaba basada en el maniqueísmo bogomilo, en consecuencia creían que el mundo era dual, existía un mundo material eminentemente malo y un mundo introspectivo espiritual intrínsecamente bueno. El mundo material estaba creado por Satanás, un rey del mundo (Rex mundi), por esta causa la existencia terrenal es de pecado, vicio y corrupción y a este mundo material se opone el cielo divino y las almas que son puras en si mismas.

Por lo tanto, el mundo en el que vivimos es un mundo de transito, los humanos somos una realidad transitoria, ilusoria y ficticia y el único modo de ser lo que somos, es ser seres de luz en un plano no material. Alcanzar ese plano no material era posible mediante el trabajo interno de luz o por medio de vivir varias vidas, es decir, creían en el mundo astral y en la reencarnación.

Foix (foto propia)
Los cataros se extendieron rápidamente, llegando a la corona de Aragón en España y a los condados de Provenza y Gévaudan, para hacerse una idea, ocuparon espiritualmente Zaragoza, Barcelona, Gerona, Perpignan, Narbona, Beziers, Carcasona, Toulouse, Valence e incluso Marsella y Grenoble. Esta expansión puso en serio aprietos a los reyes y señores de Tolosa, Foix, Aragón y Carcasona y por extensión casi a la cristiandad entera.

Su espiritualidad es muy semejante a la Tradición Perenne, solo que deísta, pero lo fundamental de su creencia es la idea del dios dual y la separación entre el espacio profano y el espacio sagrado, el primero de ellos es un lodazal de vida transitoria y el segundo la verdadera existencia.

En la ultima batalla, en Montsegur, varios cataros, con anuencia de sus hermanos, huyeron antes de la toma final por las tropas reales y papales, llevándose consigo “el tesoro cátaro”, para algunos, era oro, plata y piedras preciosas, para otros era un objeto o persona sagrada (se especula con la idea de la sangre real) y para otros, donde se incluye el autor de este articulo, se trataba de terminar con la formación espiritual de ciertos miembros jóvenes, jóvenes a fin de no parecer sospechosos de tener en si mismos el conocimiento esotérico cátaro y que estos tuvieran tiempo de esconderse.

Sobre el lugar de refugio hay dos teorías, la primera, un punto desconocido en los pirineos y la segunda y mas probable sería una huida en barco desde La Rochelle, un puerto Templario de la costa atlántica, donde arribarían a la isla de Saint-Pierre-et-Miquelon en la costa actual de Canadá (nota, América no había sido “descubierta”).

Escudo de La Rochelle

Bandera de Saint-Pierre-et-Miquelon