domingo, 14 de julio de 2013

Mi despertar individual, un relato en primera persona.


Mi Maestro y amigo me ha regalado la oportunidad de compartir aquí, con vosotros cómo fue  mi despertar espiritual.

Lo primero que quiero decir es que no puedo relatar la experiencia completa, porque todavía estoy despertando. Lo que puedo compartir aquí es cómo y cuando se inició lo que para mi viene siendo la experiencia más revolucionaria que he experimentado en mi vida.

Recuerdo que en mi infancia y adolescencia tenía muchos sueños y me sentía capaz de realizarlos todos.

Despertar - Alejandro Boeris
Me gustaba aprender y estudiar, lo cual sirvió de coraza personal ante la experiencias traumática derivadas de suna separación familiar, supongo que en mi fuero más interno trataba de lograr la aprobación y orgullo de mis padres. 

Nunca estuve segura de lograr eso, pero en el camino por lo menos logré obtener la mía propia, y eso resultó ser un maravilloso regalo para la vida, un recurso que me fue útil desde entonces….y para siempre.

Aprendí también que ningún éxito, o casi ninguno es fortuito. Asocié desde muy joven la correlación entre las acciones y sus consecuencias: Si estudias, aprendes, si aprendes, respondes bien en los exámenes…y sacas buenas notas.

Seguí exportando esto a todos los ámbitos de mi vida. Siempre he sido una persona muy trabajadora y he intentado dar lo mejor de mi misma y de mis capacidades a las causas y empresas para las que he trabajado. 

Las “causalidades” que había aprendido durante mi etapa de estudiante funcionaban con la misma exactitud en mi etapa profesional: si trabajas duro, si te esfuerzas, si te entregas, si das más de lo que se te pide, y lo das de corazón a favor de un proyecto, el proyecto funciona. Éxito

A los 32 años fui un paso más allá y creé mi propia empresa. Seguramente trabajo muchísimo más que cualquier asalariado, pero lo hago en lo que me apasiona, así que este fue también un paso importante adicional a lo que solemos llamar auto-realización.

Como no hay dos sin tres, empecé a imaginar y a extrapolar esta misma regla también a mi vida personal. Deseaba ser feliz en mi vida personal, encontrar un hombre bueno que me quisiera mucho tal y como soy, edificar con él un proyecto de vida común, tener hijos, criarles con amor, principios y valores, dar lo mejor de mi misma a mi esposo y a mis hijos, y contribuir con ello a dejar a la sociedad dos pequeños hombres de provecho que a través de su existencia y sus relaciones lograran poner su granito de arena para hacer un mundo mejor.

Y de nuevo sucedió. Estoy casada con un hombre al que adoro y tenemos dos niños sanos inteligentes y preciosos que crecen felices día a día en un entorno lleno de besos, cariño y cuentos con grandes moralejas. Como debe ser. Doy a mis hijos la infancia que yo no tuve, pero también agradezco mis carencias en ese sentido, porque me ayudaron a “diseñar”, una vez más, la infancia que deseaba dar a mis hijos.

Y entonces ocurrió….

En 2011, un año después del nacimiento de nuestro segundo hijo Santo, empezó todo….

Repasé mental y emocionalmente mi trayectoria vital, y comprobé feliz que las expectativas que tenía cuando era una adolescente se habían cumplido. Todos mis sueños se habían hecho realidad. Nunca fue fácil, semejante entramado de “éxitos” requiere haber tomado las decisiones acertadas entre muchas opciones distintas, pero el caso es que debía haber tomado las acertadas por lo menos en su mayoría, porque todo estaba en su sitio. Todo estaba hecho.

Entonces empecé a sentir una creciente e inexplicable inquietud. No fue de un día para otro, fue gradual. Mi sensibilidad parecía acrecentarse poco a poco, a veces pensaba que más que sensible me estaba volviendo susceptible. Mi empatía por los sentimientos de los demás se incrementó de forma dramática, empecé a sentir y a preocuparme por los demás de una forma absolutamente genuina, quizás hasta el momento no había tenido tiempo, pues tenía que preocuparme por mi y por llevar a buen puerto mis sueños y proyectos.

Empecé a sentir una creciente sensación de soledad, de necesidad de aislamiento, de recogimiento. Deseaba ese momento antes de dormir, y el de recién despertada todavía en la cama. Pensaba, divagaba, me sentía culpable por sentir esa extraña e inexplicable tristeza o soledad con todo lo que tenía. Esa sensación todavía incrementaba más mi angustia. 

Se empezaron a producir situaciones realmente surrealistas, como salir de una revisión del dentista a las cinco de la tarde y romper a llorar en plena calle en Madrid, mientras volvía a casa sola caminando. 

No sabía con quién hablar, ni qué hacer, ni dónde buscar. Como soy Creyente, le pedí a Dios que me ayudara a entender qué me estaba pasando pero no conectaba con su respuesta, como sí había ocurrido en muchas otras ocasiones anteriores en mi vida. 

Me preocupé seriamente y empecé a pensar que lo más importante por el momento era que lo que me estaba ocurriendo no afectara a mi entorno ni a los míos. Me propuse firmemente, como había hecho siempre en mi vida, que “eso” no les afectara. Y como siempre también, lo logré, pero eso no hizo más que maximizar todavía más la sensación de desorientación, aislamiento y tristeza que reinaba en lo más profundo de mi ser. 

También se despertaron sensaciones internas de tremenda frustración, agresividad, rebeldía. Hasta ahora había sido una mujer hecha a mi misma, siempre confiaba en mis propios recursos para encontrar soluciones a los problemas, de alguna manera siempre lograba controlar la situación.

Esta vez no.

Entonces empecé a aprender también sobre temas que hasta ahora me habían resultado totalmente desconocidos. Siempre habían estado allí, delante de mis ojos, pero jamás les había visto. Emergió un nuevo mundo tan complejo e imponente ante mis ojos que llegué a sentirme furiosa conmigo misma por no haberlo visto antes.

Estaba tan fascinada y maravillada, que lamenté haber pasado ya la mitad de mi vida (tengo 42 años) ciega ante esa tremenda realidad, y me agobié otra vez al pensar cómo podría recuperar el tiempo perdido.

En contra de lo que ocurre en el mundo profano, las prisas, las planificaciones, las agendas, iban proporcionalmente en contra de esta “nueva” evolución. Esta vez sólo sentía progreso cuando hacía todo lo contrario. Cuando paraba, cuando dejaba de querer controlarlo todo, cuando escuchaba en lugar de hablar.

Era algo totalmente nuevo para mi.

Y todavía lo es. De pronto apareció mi Maestro. Fue a través de una red social. La conexión con él no fue la que tenemos habitualmente con desconocidos a los que les aceptamos la amistad. A día de hoy todavía no le conozco personalmente pero siento como si le conociera de toda la vida, de otras vidas. Como esas amistades de cuando eras pequeño, muy pequeño en el colegio, que aunque haya pasado toda una vida no pasa nada porque os conocisteis en la etapa más pura.

Pues así estoy yo. 

No se cuanto tardaré en despertar, lo que se es que me encuentro todavía en pleno proceso. A veces siento como si una fuerza tremenda dentro de mi tratara de abrirse paso a través de mi cuerpo y no lo consigue. No puede salir, y eso causa un auténtico terremoto en mi interior. 

Sin embargo, lo más paradójico es que dentro de esta incertidumbre siento a la vez una gran certeza. De dejarme ir, de confiar, de dejar que las cosas ocurran. Después de esta “mutación”, y a pesar de los conflictos y rupturas que esta transformación está causando a mi vida interior y a mi vida social, tengo la absoluta certeza de que es para bien, y de que el producto final será la mejor versión posible de mi misma, mi auto-realización completa. 

Al final, aparte de llegar a vieja rodeada de nietos y contándoles maravillosos cuentos, mi objetivo absoluto es haber resultado útil a los demás, a la sociedad, a los más necesitados, a los incomprendidos, a los débiles.

Un día, hace 15 años en México, me dijeron que no podría relacionarme con todo el mundo. Sólo con los puros de corazón. Ejercería sobre los demás como un espejo, reflejaría su verdadera esencia al verse reflejados en mi y algunos, la mayoría no podrían soportarlo. 

También por otro lado he sentido mensajes de parte de Dios de que soy uno de sus ángeles. Por eso algunas personas cuando me ven, si son malas, se vienen abajo o se ponen muy nerviosas conmigo. Tienen que irse de mi lado, o se volverían locas. 

Está claro que soy especial y que hay algo especial que he venido a hacer aquí mientras viva. 

Y estoy segura de que a pesar de los tremendos terremotos internos que se están dando actualmente en mi interior, lo conseguiré y así será. Como Siempre.

A la Gloria del Progreso.


Patricia